Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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La Sociedad Auxiliar Misionera se reunió en Ingleside la tarde siguiente… y no lo olvidó jamás. Justo en el medio de la plegaria de la señora de Norman Taylor (y la señora de Norman Taylor tenía fama de enorgullecerse mucho de sus plegarias), un niño frenético entró corriendo en la sala.

—¡Mi cerdito de hojalata no está, mamá…! ¡Mi cerdito de hojalata no está!

Ana lo sacó de la habitación, pero la señora Taylor siempre consideró que su plegaria se había estropeado y, dado que había querido especialmente impresionar a la esposa de un misionero que estaba de visita, pasaron muchos años antes de que perdonara a Jem o aceptara a su padre como su médico otra vez. Cuando las damas se hubieron ido, Ingleside fue revisada de cabo a rabo en busca del cerdito, pero sin resultado. Jem, entre el reto por su comportamiento y la angustia ante la pérdida, no podía recordar cuándo lo había visto por última vez ni dónde. Cuando llamaron por teléfono a Mac Reese, éste respondió que había visto al cerdito por última vez sobre el escritorio de Jem.

—Susan, ¿Mac Reese…?

—No, mi querida señora, estoy segura de que no. Los Reese tienen sus defectos… son terriblemente apegados al dinero… pero tienen que conseguirlo honestamente. ¿Dónde puede estar esa bendita hucha?


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