Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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—El primigenio fuego de la Tierra en sus corazones —murmuró Ana.

Y por fin, tras atravesar un bosquecito lleno de hongos, encontraron el jardín de Hester Gray. No había cambiado mucho. Todavía poseía la dulzura de sus hermosas flores. Había aún muchos lirios de junio, como llamaba Diana a los narcisos. Los cerezos estaban más viejos pero tenían bastantes flores blancas. Todavía podía encontrarse el camino central bordeado de rosales, y el viejo malecón estaba blanco con las flores de fresas, azul con las violetas y verde con los helechos. Comieron en un rincón del jardín, sentadas sobre unas piedras musgosas, con un arbusto de lilas a sus espaldas, que agitaba sus banderas púrpuras. Las dos tenían hambre y las dos hicieron justicia a la comida.

—¡Qué bien sabe todo al aire libre! —suspiró Diana—. Tu torta de chocolate, Ana…, no hay palabras, pero tienes que darme la receta. A Fred le va a encantar. Él puede comer cualquier cosa, porque no engorda. Yo siempre digo que no voy a comer más tortas, porque cada año engordo más. Me da pánico llegar a ser como la tía abuela Sarah… Era tan gorda, que había que tirar de ella para levantarla cada vez que se sentaba. Pero cuando veo una torta como ésta… y anoche, en la recepción… ay, se habrían ofendido mucho si no hubiera comido.

—¿Te divertiste?


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