Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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—Puede ser. Yo sé que yo he cambiado, demasiado lo sé. No creo que nadie se imagine, cuando me mira ahora, que yo era una de las muchachas más lindas de la zona.

Ana reflexionó que ella seguro no se lo imaginaba. Los cabellos finos, duros, color ratón, que se escapaban por debajo del sombrero con crespones y el largo velo de viuda, estaban salpicados de gris; los ojos, azules e inexpresivos, se veían desvaídos y huecos; y decir que tenía nada más que doble papada era no saber contar. Pero la viuda de Anthony Mitchell estaba muy satisfecha de sí misma en esos momentos, pues nadie en Cuatro Vientos tenía mejor atavío que ella. Su voluminoso vestido negro era de crespón. En esos días, las mujeres se ponían luto con la intensidad con que se abocarían a una venganza.

Ana se salvó de la imperiosidad de decir nada porque la señora Mitchell no le daba oportunidad.

—Mi sistema de agua dulce se secó esta semana… hay una pérdida… por eso vine al pueblo esta mañana, para que Raymond Russell vaya a arreglármelo. Y pensé para mis adentros: «Ya que estoy aquí, podría acercarme por Ingleside y pedirle a la esposa del doctor Blythe que escriba un pangenírico para Anthony».

—¿Un panegírico? —preguntó Ana, atónita.


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