Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —SÃ… esas cosas que ponen en los diarios sobre los muertos, ¿sabe lo que digo? —explicó la viuda de Anthony—. Quiero que Anthony tenga uno muy bueno, algo fuera de lo común. Usted escribe cosas, ¿no?
—De vez en cuando, escribo algún cuento —admitió Ana—. Pero una madre atareada no tiene mucho tiempo para esas cosas. Tuve sueños maravillosos en una época, pero ahora me temo que nunca figuraré en el Quién es quien, señora Mitchell. Y nunca he escrito un panegÃrico.
—Ah, no han de ser difÃciles. El viejo tÃo Charlie Bates, de cerca de mi casa, escribe casi todos para Lower Glen, pero no es para nada poético, y yo me he empeñado en que quiero una poesÃa para Anthony. Ah, a él siempre le gustó tanto la poesÃa… Yo fui a esa charla que dio usted sobre vendajes en el Instituto de Glen la semana pasada y me dije para mÃ: «Una persona con esa facilidad de palabra seguro que puede escribir un pangenÃrico poético». ¿Me hará ese favor, señora Blythe? A Anthony le hubiera gustado. Él siempre la admiró a usted. Una vez me dijo que cuando usted entraba en una habitación, hacÃa que todas las demás mujeres parecieran «vulgares y poco distinguidas». A veces hablaba como un poeta pero no tenÃa mala intención.