Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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—La habría disfrutado mucho —dijo, sollozando—. Tuvo sus propios dientes hasta el final, pobre querido. Bueno, así es… —agregó, doblando el pañuelo y volviendo a ponerse los guantes—, tenía sesenta y cinco, así que no estaba lejos de la edad conveniente para morirse. Y tengo otra chapa de féretro. Mary Martha Plummer y yo comenzamos a coleccionar chapas de féretros al mismo tiempo, pero ella en seguida empezó a ganarme… se le murieron tantos parientes, sin contar a sus tres hijos. Ella tiene más chapas de féretros que nadie en los alrededores. Yo parecía no tener mucha suerte, pero ahora tengo toda una repisa llena, al fin. Mi primo, Thomas Bates, fue enterrado la semana pasada y yo quería que la esposa me diera la chapa, pero la hizo enterrar con él. Dice que coleccionar chapas de féretro es un vestigio de barbarie. Ella era una Hampson, de soltera, y los Hampson siempre fueron muy raros. Bueno, ¿dónde estaba?

Esta vez Ana no pudo decirle a la señora Mitchell dónde estaba. Lo de las chapas de féretros la había dejado alelada.





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