Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Ana había visto a Anthony Mitchell una o dos veces, aunque la casita gris donde vivía, entre los bosques de abetos y el mar, con el gran sauce que la cubría como un inmenso paraguas, estaba en Lower Glen, y era el médico de Mowbray Narrows quien atendía a casi toda la gente de por allí. Pero Gilbert le había comprado heno en alguna ocasión, y una vez, cuando Mitchell trajo una carga, Ana lo había llevado por el jardín, y habían descubierto que hablaban el mismo idioma. Le había caído simpático, con su cara delgada de líneas marcadas, afable, con sus ojos valientes y vivaces, de ese color avellana tirando al dorado, ojos que nunca habían bajado la mirada ni temblado, a excepción, tal vez, de una vez, cuando la hueca y pasajera belleza de Bessy Plummer lo hizo caer en un matrimonio descabellado. Pero nunca se lo vio desdichado o insatisfecho. Mientras pudiera arar, cuidar su jardín y cosechar, estaba tan contento como una pradera llena de sol. Sus cabellos negros tenían tenues toques de plata, y un espíritu maduro y sereno se revelaba en sus poco usuales pero dulces sonrisas. Sus viejos campos le habían dado pan y deleite, la alegría de la conquista y el consuelo en la hora de dolor. Ana se alegraba de que lo hubieran enterrado cerca de esos campos. Si bien se había «ido contento», también había vivido contento. El doctor de Mowbray Narrows comentó que cuando le había dicho a Anthony Mitchell que no podía darle esperanzas de recuperación, Anthony había sonreído y dicho: «Bien, la vida se ha vuelto un poco monótona ahora que me estoy poniendo viejo. La muerte será una especie de cambio. Tengo mucha curiosidad, doctor». Hasta su esposa, entre todos sus absurdos delirios, había dicho algunas cosas que revelaban al verdadero Anthony. Ana escribió el poema La tumba del anciano unas noches después, junto a la ventana de su habitación, y lo releyó con satisfacción.