Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —Creo que a Anthony Mitchell le habrÃa gustado —dijo Ana, abriendo de par en par la ventana para inclinarse hacia la primavera. Ya habÃa hileras desparejas de jóvenes lechugas en el huerto de los niños; la puesta de sol se veÃa suave, rosada, detrás del bosque de arces; el Pozo resonaba con la suave y dulce risa de los niños—. La primavera es tan bonita, que odio irme a dormir y perderme nada de ella.
La viuda de Anthony Mitchell fue a buscar su «pangenÃrico» una tarde de la semana siguiente. Ana se lo leyó con secreto orgullo, pero el rostro de la señora Mitchell no expresó una excelsa satisfacción.
—Caramba, eso sà que es animado. Pone las cosas muy bien. Pero… no dice ni una palabra sobre que él está en el cielo. ¿No estaba segura de que esté all�
—Tan segura que no es necesario mencionarlo, señora Mitchell.
—Bueno, algunas personas podrÃan tener dudas. Él… no iba a la iglesia con la frecuencia debida… aunque era un miembro bien conceptuado. Y no dice nada de su edad… ni menciona las flores. Ah, no se podÃan ni contar la cantidad de coronas que habÃa sobre el féretro. ¡Las flores son muy poéticas, creo yo!
—Lo siento…