Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —No, no es culpa suya… ni por un asomo es culpa suya. Usted hizo lo que pudo y suena hermoso. ¿Cuánto le debo?
—Bueno… nada… nada, señora Mitchell. Ni se me ocurrirÃa cobrar.
—Bueno, yo pensé que me iba a decir eso, asà que le traje una botella de mi vino de diente de león. Endulza el estómago, si tiene problemas de gases. Le hubiera traÃdo también una botella de mi té de hierbas, pero tuve miedo de que al doctor no le gustara. Aunque si quiere y le parece que puedo traerla sin que él se entere, no tiene más que decÃrmelo.
—No, no, gracias —dijo Ana, bastante secamente. No habÃa terminado de recuperarse todavÃa de lo de «animado».