Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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—Como quiera. La convido con mucho gusto. Yo ya no necesitaré más medicina esta primavera. Cuando mi primo segundo, Malachi Plummer, murió en invierno, le pedí a su viuda que me diera las tres botellas de medicina que sobraron… ellos tenían docenas. Ella iba a tirarlas, pero yo siempre fui de las personas que no soportan ver que se desperdicie nada. Yo no podía traerme más de una botella pero hice que el hombre que habíamos contratado se llevara las otras dos. «Si no le hace ningún bien, tampoco le va a hacer daño», le dije. No voy a decirle que no es un alivio para mí que usted no quisiera aceptar dinero por el pangenírico porque en estos momentos no tengo demasiado efectivo. Los funerales son tan caros…, aunque la de D. B. Martin es una de las funerarias más baratas de los alrededores. Todavía no he pagado siquiera los vestidos de luto. No me sentiré que de verdad estoy de duelo hasta que no haya terminado de pagar. Por suerte, no tuve que mandarme a hacer sombrero nuevo. Éste me lo mandé a hacer hace diez años, para el funeral de mamá. Es una suerte que el negro me quede bien, ¿no? Si usted viera ahora a la viuda de Malachi Plummer, ¡con esa cara amarilla que tiene! Bueno, me tengo que ir. Y le estoy muy agradecida, señora Blythe, aun si… pero estoy segura de que puso lo mejor de usted y es muy buena poesía.



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