Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Los niños de Ingleside tenían mala suerte con sus mascotas. El cachorrito de abundante pelo rizado que un día papá había traído de Charlottetown se fue a la semana siguiente y desapareció. No se volvió a saber nada de él y, aunque se rumoreó que habían visto a un marinero de Harbour Head que subía a bordo de su barco a un cachorrito negro la noche en que zarpó, el destino del perro permaneció como uno de los hondos y oscuros misterios de la crónica de Ingleside. A Walter lo afectó más que a Jem, que todavía no había olvidado del todo su angustia por la muerte de Gyp y jamás volvería a permitirse querer a un perro demasiado. Luego el Tigre Tom, que vivía en el granero y tenía prohibida la entrada a la casa por sus inclinaciones a la rapiña, fue hallado frío y tieso en el suelo del granero y hubo que enterrarlo con pompa y circunstancia. Bun, el conejo de Jem, que había comprado a Joe Russell por veinticinco centavos, cayó enfermo y murió. Tal vez su muerte fuera acelerada por un remedio que le dio Jem; tal vez no. Joe se lo había recomendado, y Joe tenía que saber. Pero Jem se sentía como si hubiera asesinado a Bun.