Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —¿Hay una maldición en Ingleside? —preguntó con tristeza cuando Bun ya descansaba junto al Tigre Tom. Walter le escribió un epitafio, y él, Jem y las mellizas anduvieron con cintas negras atadas a los brazos durante una semana, para horror de Susan, que lo consideraba un sacrilegio. Susan no quedó desconsolada por la muerte de Bun, que una vez se había soltado y había hecho destrozos en su jardín. Menos aún aprobó a los dos sapos que Walter trajo y puso en el sótano. Cuando oscureció, Susan sacó a uno, pero no pudo encontrar al otro, y Walter, preocupado, no podía dormir.
—A lo mejor eran marido y mujer —pensaba—. A lo mejor se sienten muy solos y están muy tristes separados. Susan sacó al más pequeño, que entonces debe de ser la señora, y a lo mejor está muerta de miedo solita en el patio tan grande sin nadie que la proteja… como una viuda.
Walter no podía soportar pensar en la desdicha de la viuda, de modo que bajó al sótano a buscar al sapo caballero, pero lo único que consiguió fue voltear una pila de latas vacías que Susan guardaba allí, lo cual provocó un estruendo capaz de despertar a los muertos. Sin embargo, sólo despertó a Susan, que bajó con una vela, cuya llama oscilante dibujaba las sombras más siniestras sobre su rostro enjuto.
—Walter Blythe, ¿qué estás haciendo?