Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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—¿Me va a enseñar a tallar barcos como éstos, capitán Malachi? —suplicó Jem.

El capitán Malachi negó con la cabeza y escupió, con aire reflexivo, al golfo.

—Esto no se aprende, hijo. Tendrías que navegar los mares treinta o cuarenta años, y entonces podría ser que un día entendieras a los barcos lo suficiente como para poder tallarlos… pero hay que entenderlos y quererlos. Los barcos son como las mujeres, hijo… a las mujeres también hay que entenderlas y quererlas o si no nunca desvelarán sus secretos. E incluso así, uno cree que conoce a un barco de proa a popa, por dentro y por fuera, y se descubre que todavía no se ha entregado a uno y no le ha dado el alma. Que es capaz de irse volando como un ave, si uno lo deja suelto. Hay un barco que yo navegué y que nunca pude tallar, y lo he intentado cientos de veces. ¡Qué buque empecinado, necio, era! Y hubo una mujer… pero ha llegado el momento de cerrar el pico. Tengo un barco listo para meterlo en una botella y te voy a enseñar el secreto de eso, hijo.

De modo que Jem nunca oyó nada más sobre la «mujer» y no le importó, porque no le interesaba nadie de ese sexo, salvo mamá y Susan. Pero ellas no eran «mujeres». Eran sencillamente mamá y Susan.


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