Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Cuando Gyp murió, Jem había creído que jamás querría tener otro perro, pero el tiempo todo lo cura y Jem volvía a tener ganas de tener perro. El cachorrito no era verdaderamente un perro, era sólo un incidente. Jem tenía una procesión de perros desfilando por las paredes de su rinconcito del altillo, donde guardaba la colección de curiosidades del capitán Jim… perros recortados de revistas: un mastín señorial… un lindo bulldog… un pastor holandés al que parecía como si alguien hubiera cogido de la cabeza y de la cola y lo hubiera estirado como a una goma… un perro de lanas afeitado con un pompón en la cola… un fox-terrier… un galgo ruso (Jem se preguntaba si los galgos rusos comían)… un precioso caniche… un dálmata… un perro de aguas de ojos conmovedores. Todos eran perros con pedigree pero, a ojos de Jem, a todos les faltaba algo, no sabía qué.

Entonces fue cuando apareció el aviso en el Daily Enterprise. «Se vende perro. Ver a Roddy Crawford, Harbour Head». Nada más. Jem no habría sabido decir por qué el aviso se le grabó en la mente ni por qué sintió que había mucha tristeza en su brevedad. Le preguntó a Craig Russell quién era Roddy Crawford.




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