Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —El padre de Roddy murió hace un mes y él tiene que irse a vivir con la tÃa a la ciudad. La madre murió hace años. Y Jake Millison compró la granja. Pero van a echar abajo la casa. Tal vez la tÃa no quiera que se lleve al perro. El animal no es gran cosa pero Roddy lo adora.
—¿Cuánto pedirá por él? No tengo más que un dólar —dijo Jem.
—Creo que lo que más quiere es una buena casa para el perro —dijo Craig—. Pero tu padre te darÃa el dinero, ¿no?
—SÃ. Pero quiero comprarme mi perro con mi propio dinero —dijo Jem—. Lo sentirÃa más mi perro.
Craig se encogió de hombros. Esos chicos de Ingleside sà que eran raros. ¿Qué importancia tenÃa quién ponÃa el dinero para comprar un perro viejo?
Aquella tarde, papá llevó a Jem hasta la vieja y arrumbada granja de los Crawford, donde encontraron a Roddy y a su perro. Roddy era de más o menos la misma edad que Jem… un muchachito pálido, de lacios cabellos castaños y muchas pecas. El perro tenÃa sedosas orejas marrones, nariz y cola marrones y hermosÃsimos ojos color miel, como jamás perro alguno ha tenido nunca. Apenas Jem vio a esa belleza de perro, con esa franja blanca a lo largo de la frente, que le pasaba por entre los ojos y le cubrÃa la nariz, supo que lo querÃa.