Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —¿Quieres vender tu perro? —preguntó, ansioso.
—No quiero venderlo —dijo Roddy, despacio—. Pero Jake dice que si no lo vendo lo va a ahogar. Dice que la tÃa Vinnie no va a querer a un perro.
—¿Cuánto pides por él? —preguntó Jem, temeroso de que le dieran un precio prohibitivo.
Roddy tragó saliva. Le tendió el perro.
—Toma, llévatelo —dijo, con voz ronca—. No voy a venderlo… no. El dinero no podrÃa pagarme a Bruno. Si lo cuidas bien, y eres bueno con él…
—Ah, claro que seré bueno con él —dijo Jem, con entusiasmo—. Pero tienes que aceptar mi dólar. No voy a sentir que el perro es mÃo, si no lo aceptas.
Casi a la fuerza, puso el dólar en la mano reacia de Roddy.
—Hay cinco por aquà que lo querÃan, pero yo no quise dárselo a ninguno de ellos. Jake se puso furioso, pero a mà no me importa. No me gustaban. Pero tú… quiero que tú lo tengas, ya que yo no puedo… ¡y sácalo pronto de mi vista!
Jem obedeció. El perrito temblaba en sus brazos pero no protestó. Jem lo llevó amorosamente en brazos todo el camino hasta Ingleside.
—Papá, ¿cómo supo Adán que un perro era un perro?