Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Di yoró y yoró toda la noche porque Tommy Drew le dijo que iba a quemarle la muñeca en una parrilla. De noche Susan nos cuenta unos cuentos mui lindos pero no es como tu, mamita. Anoche me dejó ayudarla a plantar unas semillas.

«¿Cómo he podido ser feliz lejos de ellos una semana entera?», se preguntó la dueña y señora de Ingleside con reproche.

—¡Es maravilloso que alguien te espere al final de un viaje! —exclamó al bajar del tren en Glen St. Mary y ser recibida por los brazos expectantes de Gilbert.

No estaba segura de que Gilbert la esperaría: siempre había alguien a quien se le ocurría nacer o morirse, pero no había regreso a casa que mereciera la pena si él no estaba esperándola. ¡Y qué elegante era su nuevo traje! «Menos mal que me he puesto la blusa blanca con puntillas con el traje castaño, aunque la señora Lynde me dijo que era un disparate vestirse así para viajar. De no haberme vestido así, no estaría linda para Gilbert».

Ingleside estaba iluminada con alegres farolitos chinos colgados en la galería. Ana corrió alegremente por el sendero bordeado de narcisos.

—¡Ingleside, aquí estoy! —exclamó.


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