Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Por dentro, las cosas no eran mucho mejor. La sala a la que Jenny la hizo pasar estaba llena de polvo y olÃa mal. El techo estaba descolorido y lleno de grietas. La famosa repisa de mármol era madera pintada (hasta Di podÃa darse cuenta de eso) y estaba cubierta con un espantoso chal japonés sobre el cual habÃa una hilera de tazas «bigoteras». Las cortinas de encaje eran de un color feÃsimo y estaban llenas de agujeros. Las «persianas» eran de papel azul, muy roto, con una inmensa canasta de rosas pintada. En cuanto a que el vestÃbulo estaba lleno de búhos disecados, sà habÃa una pequeña vitrina en un rincón con tres aves bastante desaliñadas, una sin ojos, directamente. Para Di, acostumbrada a la belleza y la dignidad de Ingleside, la habitación parecÃa algo salido de una pesadilla. Lo extraño, sin embargo, era que Jenny parecÃa no tener conciencia de la menor discrepancia entre sus descripciones y la realidad. Di se preguntó si no habrÃa soñado que Jenny le habÃa contado esto y lo otro.