Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Afuera no estaba tan mal. La casita de juguete que el señor Penny había construido en un extremo, entre los árboles, y que parecía una verdadera casita en miniatura, sí era un lugar interesante, y los cerditos y el nuevo potrillo eran «encantadores». En cuanto a la camada de cachorritos, eran tan peluditos y deliciosos como si hubieran pertenecido a la raza perruna de Vere de Vere. Uno, especialmente, era adorable, con largas orejas castañas y una mancha blanca en la frente, lengua rosada y patas blancas. Di se entristeció mucho cuando se enteró de que ya estaban todos regalados.
—Aunque no sé si podríamos darte uno, aun cuando no estuvieran regalados —dijo Jenny—. El tío es muy cuidadoso con el lugar donde entrega a sus perros. Hemos oído que vosotros sois incapaces de retener un perro en Ingleside. Ha de pasar algo raro con vosotros. El tío dice que los perros saben cosas que la gente no sabe.
—¡Estoy segura de que no pueden saber nada malo sobre nosotros! —exclamó Di.
—Bueno, espero que no. ¿Tu papá es cruel con tu mamá?
—¡No, por supuesto que no!
—Bueno, yo oí decir que le pega… que le pega hasta que ella grita. Pero eso no lo creí, claro. ¿No es horrible cómo miente la gente? Pero a mí siempre me has caído bien, Di, y siempre estaré de tu lado.