Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Di no se atrevió a negarse. Se levantó la enagua.
—¡Ja! ¡También con puntillas! Eso es una extravagancia. ¡Y no me preguntaste por Johnny!
—¿Cómo está? —preguntó Di, sin aliento.
—Cómo está, dice, descarada. PodrÃa haberse muerto, por lo que a ti te importa. Dime una cosa, ¿es cierto que tu madre tiene un dedal de oro, de oro macizo?
—SÃ, se lo regaló papá para su último cumpleaños.
—Bueno, jamás lo hubiera creÃdo. La pequeña Jenny me dijo eso, pero a la pequeña Jenny una no puede creerle ni una palabra de lo que dice. ¡Un dedal de oro macizo! Nunca oà semejante cosa. Bueno, será mejor que vayáis a comer. Eso nunca pasa de moda. Jenny, levántate los calzones. Te asoma una pierna por debajo del vestido. Al menos, tengamos un poco de decencia.
—A mà no me asoman los calzo… los pololos —dijo Jenny, indignada.
—Calzones para las Penny y pololos para las Blythe. Ésa es la diferencia entre ustedes dos, una diferencia que va a existir siempre. No me contradigas.