Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —¡Curt, Curt! La señorita Blythe va a creer que no tienes modales —dijo la tÃa Lina. Estaba otra vez muy tranquila y sonriente, y le puso dos cucharadas de azúcar al té del tÃo Ben—. No le hagas caso, querida. SÃrvete otra porción de pastel.
Di no querÃa otra porción de pastel. Lo único que querÃa era irse a su casa, y no sabÃa cómo hacerlo.
—Bien —tronó el tÃo Ben, bebiendo lo que quedaba del té directamente del platillo—, alcanza por hoy. Levantarse de mañana… trabajar todo el dÃa… comer tres veces al dÃa e irse a la cama. ¡Qué vida!
—A papá le encanta hacer bromas —dijo, sonriendo, la tÃa Lina.
—Hablando de bromas… hoy vi al ministro metodista en la tienda de Flagg. Intentó contradecirme cuando yo le dije que Dios no existe. «Usted habla los domingos —le dije—. Ahora me toca a mÃ. Demuéstreme que hay un Dios», le dije. «Es usted el que tiene la palabra», me dijo él. Todos soltaron la carcajada. Yo pensaba que era un tipo inteligente.
¡Que Dios no existe! A Di se le abrió la tierra bajo los pies. Tuvo ganas de llorar.