Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Se arrodilló, arrepentida, deleitándose en ellas. TodavÃa eran suyas… totalmente suyas, para cuidar, querer y proteger. TodavÃa venÃan a ella con todo el amor y el dolor de sus corazoncitos. Por algunos años más, serÃan suyas… ¿y después? Ana se estremeció. La maternidad era muy dulce, pero muy terrible.
—Me pregunto qué les deparará la vida —susurró.
—Al menos, esperemos confiados en que las dos consigan un marido tan bueno como el que consiguió la madre —dijo Gilbert, bromeando.