Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside De todas las mujeres presentes, a Walter le gustaba más Myra Murray, con su carcajada fácil y contagiosa y esas arruguitas tan lindas que se le hacían alrededor de los ojos. Podía contar una historia de lo más sencilla y hacerla parecer interesante y vital; alegraba la vida dondequiera que iba, y estaba muy guapa con su vestido de terciopelo color cereza, con las suaves ondas de sus cabellos negros y las piedrecillas rojas de sus pendientes. La señora de Tom Chubb, que era delgada como un alfiler, no le gustaba tanto… tal vez porque una vez la había escuchado referirse a él como «un niño enfermizo». Pensó que la señora de Allan Milgrave era idéntica a una gallina gris, y la señora de Grant Clow no era otra cosa que un barril con patas. La joven señora de David Ransome, con sus cabellos color miel, era muy hermosa, «demasiado hermosa para una granja», había dicho Susan cuando Dave se casó con ella. La joven recién casada, esposa de Morton MacDougall, parecía una amapola blanca adormilada. Edith Bailey, la modista de Glen, con sus rizos plateados y sus vivaces ojos negros, no parecía para nada «una vieja solterona». A Walter le gustaba la señora Meade, la mayor de las señoras, que tenía ojos bondadosos, tolerantes, y escuchaba mucho más de lo que hablaba, y no le gustaba Celia Reese, con su aire solapado y risueño, como si estuviera riéndose de todo el mundo.