Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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—Bueno, fue un inconveniente viajar toda esa distancia, en época de siembra, además, para encontrarse con que uno había hecho el viaje por nada —dijo la señora de Tom Chubb, a la defensiva.

—Y por lo general, a la gente le gustan los funerales —dijo la señora de Donald Reese, animada—. Somos todos como niños, creo. Yo llevé a Mary Anna al funeral de su tío Gordon, y lo disfrutó tanto… «Ma, ¿no podemos desenterrarlo, así podremos enterrarlo otra vez?», me dice.

Con esto sí todas se rieron… todas salvo la señora del vicario Baxter, que tensó su rostro alargado y delgado y tironeó despiadadamente del cobertor. No quedaba nada sagrado ya. Todo el mundo se reía de todo. Pero ella, la esposa de un vicario, no toleraría que se rieran en relación con un funeral.

—Hablando de Abner, ¿recuerdan el obituario que su hermano John le escribió a su propia esposa? —preguntó la señora de Allan Milgrave—. Comenzaba diciendo: «Dios, por razones que sólo Tú conoces, te has llevado a mi hermosa esposa y has dejado viva a la esposa de mi primo William, que es tan fea». ¡Nunca olvidaré el lío que se armó!

—¿Pero cómo llegaron a imprimir algo así, en primer lugar? —preguntó la señora Best.


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