Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —¡Qué romántico! —dijo Myra Murray.
—¡Romántico! En mi opinión, es muy poco respetable.
—¡Pero piensen en nacer bajo las estrellas! —dijo Myra, soñadora—. Claro, habrá sido una hija de las estrellas: centelleante, hermosa, valiente, veraz, con un destello en los ojos.
—Era todo eso —dijo Martha—, fuera por las estrellas o no. Y pasó tiempos difÃciles en Lowbridge, donde se pensaba que la esposa de un ministro debÃa ser modosita y seria. Bueno, cierta vez, uno de los vicarios la sorprendió bailando alrededor de la cuna de su hijo, y le dijo que no debÃa regocijarse por su hijo hasta no saber si el pequeño era un elegido o no.
—Hablando de niños, ¿saben lo que me dijo Mary Anna el otro dÃa? «Ma —me dice—, ¿las reinas tienen bebés?».
—Habrá sido Alexander Wilson —dijo la señora Milgrave—. Un amargado como no he visto igual. No le permitÃa a su familia decir ni una palabra durante las comidas, según me contaron. Y en cuanto a reÃr… no en su casa.
—¡Imaginen una casa sin risas! —dijo Myra—. Es… ¡un sacrilegio!
—Alexander tenÃa épocas en las que no le hablaba a la esposa hasta por tres dÃas —continuó la señora Milgrave—. Para ella era un alivio —agregó.