Ana la de Ingleside

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—¿Pero quiere decir, señora Millison, que nunca fue juzgada… ni castigada? —preguntó, atónita, la señora Campbell.

—Bueno, nadie quiere ver a una vecina en semejante embrollo. Los Carey estaban bien relacionados en Upper Glen. Además, ella fue empujada hasta el borde de la desesperación. Claro que nadie va a aprobar el asesinato como hábito, pero si alguna vez alguien se mereció ser asesinado, ése fue Roger Carey. Ella se fue a los Estados Unidos y volvió a casarse. Murió hace años. Su segundo esposo la sobrevivió. Todo sucedió cuando yo era niña. Decían que el fantasma de Roger Carey caminaba.

—Pero ¿quién va a creer en fantasmas en estos tiempos modernos? —dijo la señora Baxter.

—¿Por qué no vamos a creer en fantasmas? —preguntó Tillie MacAllister—. Los fantasmas son interesantes. Yo conozco a un hombre que siempre era perseguido por un fantasma que se reía de él con una risa burlona. Lo volvía loco. La tijera, por favor, señora MacDougall.

Dos veces hubo que pedirle la tijera a la recién casada, que la entregó profundamente ruborizada. Todavía no estaba acostumbrada a que la llamaran «señora MacDougall».


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