Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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—¿Se enteraron de lo que le pasó el sábado por la noche a Big Jim MacAllister en la tienda de Milt Cooper, en Harbour Head? —preguntó la señora de Millison, considerando que era hora de que alguien introdujera un tema más alegre que fantasmas y rupturas sentimentales—. Se había acostumbrado a sentarse sobre la estufa, todo el verano. Pero el sábado por la noche hizo frío, y Milt la había encendido, de manera que cuando el pobre Big Jim se sentó… bueno… se quemó el…

La señora de Millison no quiso decir dónde se había quemado, pero se palmeó, sin nombrarla, una parte de su anatomía.

—El culo —dijo Walter muy serio, asomando la cabeza por la cortina de hojas. Sinceramente pensaba que la señora de Millison no se acordaba de la palabra.

Un silencio azorado descendió sobre las costureras. ¿Walter Blythe había estado allí todo ese tiempo? Todas rastrearon las cosas que habían contado para ver si alguna de ellas había sido terriblemente impropia para los oídos de un niño. Se decía que la esposa del doctor Blythe era muy particular con lo que oían sus niños. Antes de que las lenguas paralizadas se recuperaran, Ana salió a invitarlas a pasar a cenar.

—Diez minutos más, señora Blythe, y tendremos los dos cobertores terminados —dijo Elizabeth Kirk.

Una vez terminados, los cobertores fueron sacados, sacudidos, exhibidos y admirados.


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