Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside ¡La señorita Emmy no la vería! Rilla se detuvo en el puentecito que cruzaba el arroyo, que era bastante profundo justo en ese lugar. Sacó la torta de la cesta y la arrojó al arroyo, donde los alisos se arremolinaban sobre un charco más oscuro. La torta se abrió camino entre las ramas y se hundió con un gorgoteo. Rilla sintió un súbito estremecimiento de alivio, libertad y salvación al tiempo que se volvía para saludar a la señorita Emmy, quien —Rilla lo vio en ese instante— llevaba un gran paquete envuelto en papel de estraza.
La señorita Emmy le sonrió, desde debajo de un sombrerito verde con una plumita color naranja.
—Ah, está preciosa, señorita, preciosa —murmuró Rilla, llena de adoración.
La señorita Emmy volvió a sonreír. Aun cuando una tenga el corazón destrozado… y la señorita Emmy de verdad creía que así estaba el suyo… no es desagradable recibir un cumplido tan sincero.
—Es el sombrero nuevo, diría yo, corazón. La pluma es linda. Supongo… —dijo, mirando la cesta vacía— que has ido a llevar tu torta para la función. Qué lástima que no vas en lugar de volver. Yo llevo la mía; es una torta de chocolate, tan inmensa y pegajosa…