Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Después de que la señorita Emmy se hubo alejado, Rilla se fue a su casa con su horrible secreto. Se enterró en el Valle del Arco Iris hasta la hora de la cena, cuando otra vez nadie se fijó en que estaba muy callada. Tenía mucho miedo de que Susan le preguntara a quién le había dado la torta, pero no hubo preguntas embarazosas. Después de la cena, los otros chicos fueron a jugar al Valle del Arco Iris, pero Rilla se quedó sola, sentada en los escalones, hasta que el sol bajó y el cielo fue todo de oro y viento detrás de Ingleside y surgieron luces abajo, en el pueblo. A Rilla siempre le gustaba mirar las luces que florecían, aquí y allá, en todo Glen, pero esta noche nada le interesaba. Nunca en toda su vida se había sentido tan desgraciada. No sabía cómo seguir viviendo. El atardecer se ahondó en tonos de púrpura, y ella era todavía más desgraciada. Un aroma delicioso a bollos de azúcar de arce llegó hasta ella… Susan había esperado la frescura de la tarde para empezar a hornear… pero los bollos de azúcar de arce, como todo lo demás, no eran más que vanidad. Sintiéndose muy desgraciada, subió la escalera y se metió en la cama, debajo de la nueva colcha floreada de la que en un momento se había enorgullecido tanto. Pero no pudo dormir. Seguía atormentada por el fantasma de la torta que había ahogado. Mamá le había prometido la torta al comité, ¿qué pensarían de mamá, que no la había mandado? ¡Y habría sido la torta más linda de todas! El viento tenía un sonido tan solitario esta noche… Le reprochaba. Decía: «Tonta… tonta… tonta», una y otra vez.


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