Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Susan entró, con un bollo de azúcar de arce.

—¿Qué te tiene despierta todavía, muñequita? —le preguntó.

—Ah, Zuzan, eztoy… eztoy canzada de zer yo.

Susan se preocupó. Pensándolo bien, la niña se veía cansada durante la cena.

«Y el doctor no está, claro. Las familias de los médicos se mueren y las de los zapateros andan descalzas», pensó. Y en voz alta dijo:

—Vamos a ver si tienes fiebre, muñequita.

—No, No, Zuzan. Ez que… hize una coza ezpantoza, Zuzan. El diablo me… no, no, mentida, Zuzan, lo hize yo solita. Yo… tidé la todta en el adoyo.

—¡Por todos los santos del cielo! —dijo Susan, asombrada—. ¿Pero cómo se te ocurrió hacer semejante cosa?

—¿Hacer, qué?

Era mamá, de regreso de la ciudad. Susan se alegró de poder retirarse, agradecida de que la señora tuviera la situación entre sus manos. Rilla, sollozando, contó toda su historia.

—Mi amor, no entiendo. ¿Por qué te parecía que era tan horrible llevar una torta a la iglesia?

—Penzé que eda como la vieja Tillie Pake, mamita. ¡Y ahoda ez una vergüenza para ti! Ay, mamita, zi me perdonas nunca maz me voy a podtad mal, y voy a ir a decidle al comité que tú les mandaste la todta.


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