Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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—No te preocupes por el comité, mi amor. Van a tener muchas otras tortas, siempre sobran. Nadie se va a dar cuenta de que nosotros no enviamos ninguna. No vamos a hablar de esto con nadie. Pero siempre, después de esto, Bertha Marilla Blythe, recuerda que ni Susan ni mamá te pedirían jamás que hicieras algo vergonzoso.

La vida volvía a merecer la pena. Papá se acercó a la puerta para decir: «Buenas noches, gatito mío», y Susan entró a decir que para el día siguiente iba a preparar pastel de pollo.

—¿Con mucha zalza, Zuzan?

—Rebosará.

—¿Y puedo comedme un huevo madón para el desayuno, Zuzan? No me lo medezco, pero…

—Podrás comerte dos huevos marrones, si quieres. Y ahora cómete el bollo y duérmete, muñequita.

Rilla se comió el bollo, pero antes de dormirse se bajó de la cama y se arrodilló en el suelo. Con mucha seriedad dijo:

—Quedido Dios: pod favod, hazme ziempre una niña buena y obediente, no impodta lo que me digan que haga. Y bendice a la quedida señodita Emmy y a todos los huedfanitos pobrez.


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