Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Los serenos y respetables ocupantes de los diversos bancos familiares habrían quedado azorados y tal vez algo horrorizados si hubieran sabido las fantasías que la recatada doncella de ojos castaños de Ingleside tejía sobre ellos. La morena y bondadosa Anatta Millison habría quedado atónita de haber sabido que Nan Blythe la imaginaba como una raptora de niños, que los quemaba vivos para hacer pociones que la mantuvieran joven por siempre. Nan se imaginaba esto tan vívidamente, que casi se muere de miedo un día en que se encontró con Anatta Millison en un camino que al atardecer se agitaba con el murmullo de los botones de oro. Directamente no pudo responder al amistoso saludo de Anatta, y ésta pensó que Nan Blythe realmente se estaba volviendo una muchachita orgullosa y que había que enseñarle modales. La pálida esposa de Rod Palmer jamás soñó que había envenenado a alguien y se estaba muriendo del remordimiento. El vicario Gordon MacAllister, el de rostro tan solemne, no tenía idea de que cuando nació, una bruja le había echado una maldición, el resultado de la cual había sido que nunca sonreiría. Fraser Palmer, el del bigote oscuro y la vida intachable, ignoraba que cuando Nan Blythe lo miraba pensaba: «Estoy segura de que ese hombre ha cometido un hecho oscuro y desesperado. Parece como si tuviera un horrible secreto sobre la conciencia». Y Archibald Fyfe no sospechaba que cuando Nan Blythe lo veía venir se atareaba en inventar un verso como respuesta a cualquier comentario que él hiciera porque a él no se le debía hablar si no era en rima. El nunca le hablaba, pues tenía mucho miedo a los niños, pero Nan se divertía como loca cuando trataba, desesperada y rápidamente, de inventar un verso.