Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Era una casa grande, que alguna vez había sido blanca pero que ahora era de un gris lodo. Aquí y allá, persianas rotas, que otrora fueron verdes, caían desgoznadas. Los escalones del frente estaban rotos. Un desolado porche cerrado por vidrios tenía casi todos los cristales astillados. La madera trabajada de la galería estaba rota. ¡Ay, no era más que una vieja casa gastada!

Nan miró desesperada a su alrededor. No había ni fuente ni jardín, bueno, nada que pudiera llamarse jardín. El espacio frente a la casa, rodeado de una empalizada desgastada, estaba lleno de maleza y hierbajos hasta la rodilla. Un cerdo flaco hozaba la tierra del otro lado de la empalizada. Crecían bardanas en la senda. En los rincones había montones desordenados de plantas, pero sí había una espléndida mata de altivas azucenas y, justo al lado de los escalones gastados, un alegre cantero con caléndulas.

Nan caminó despacio por el sendero hasta el cantero de caléndulas. La CASA TENEBROSA había desaparecido para siempre. Pero quedaba la Dama de los Ojos Misteriosos. Seguro que ella era real, ¡tenía que serlo! ¿Qué había dicho Susan de ella hacía tiempo?

—Dios misericordioso, ¡casi se me sale el corazón por la boca del susto! —dijo una voz algo pastosa pero afable.


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