Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Nan miró a la figura que de pronto había surgido de al lado del cantero de caléndulas. ¿Quién era? No podía ser… Nan se negaba a creer que ésta fuera Thomasine Fair. ¡Sería demasiado horrible!

«Pero ¡es vieja!», pensó Nan, transida por la desilusión.

Thomasine Fair, si es que era Thomasine Fair —y ahora Nan sabía que era Thomasine Fair—, era en verdad vieja. ¡Y gorda! Parecía el colchón de plumas con un cordel atado en el medio, con el que la delgadísima Susan siempre comparaba a las señoras robustas. Estaba descalza, con un vestido verde que se había descolorido hasta llegar al amarillo, y un viejo sombrero de hombre de fieltro sobre sus escasos cabellos grisáceos. Tenía la cara redonda, coloradota y arrugada, con nariz respingona. Los ojos, de un azul desvaído, estaban rodeados por grandes y graciosas patas de gallo.

Ah, mi Dama… mi encantadora Malvada Dama de los Ojos Misteriosos, ¿dónde estás? ¿Qué ha sido de ti? ¡Tú existías!

—Bueno, vamos a ver, ¿y quién es esta niña tan guapa? —preguntó Thomasine Fair.

Nan intentó recordar sus buenos modales.

—Soy… Nan Blythe. Vine a traerle esto.

Thomasine se abalanzó contenta sobre el paquete.


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