Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Nan quería huir a las entrañas mismas de la Tierra, pero sintió que no debía herir los sentimientos de la anciana negándose a pasar. Thomasine, a quien se le veía la enagua por debajo de la falda, la guió; subieron los destartalados escalones y entraron en un cuarto que era evidentemente cocina y sala todo en uno. Estaba escrupulosamente limpio y era alegre por las muchas y lozanas plantas de interior. El aire estaba cargado con el agradable aroma a pan recién horneado.

—Siéntate aquí —dijo Thomasine, cortésmente, y le acercó una mecedora con un alegre almohadón hecho de remiendos—. Voy a quitar esa cala del camino. Espera a que me ponga la dentadura de abajo. Quedo rara sin ella, ¿no? Pero me hace un poco de daño. Ahí está, ahora hablaré más claro.

Un gato moteado, lanzando todo tipo de diversos maullidos, se acercó a saludarlas. ¡Ah, los lebreles de un sueño desaparecido!






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