Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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—Ahora me vas a querer, ¿no? Me gusta que las niñas pequeñas me quieran.

—Lo intentaré —balbuceó Nan, que en ese momento odiaba a la pobre Thomasine Fair como sólo se puede odiar a aquellos que destruyen nuestras ilusiones.

—Tengo algunos nietos en el Oeste, sabes.

«¡Nietos!».

—Te enseñaré sus fotos. Guapos, ¿verdad? Ese retrato es de mi pobre marido. Veinte años hace que murió.

El retrato del pobre marido era un gran retrato a lápiz de un hombre de barba con una hilera de rizos blancos alrededor de una cabeza calva.

«¡Ay, amor desdeñado!».

—Fue un buen esposo, aunque quedó calvo a los veinte años —dijo la señora Fair con cariño—. Ah, pero yo tuve pretendientes para elegir cuando era joven. Ahora soy vieja, pero lo pasé bien cuando joven. ¡Los pretendientes, los domingos por la noche! ¡Se peleaban para ver quién aguantaba más tiempo sentado en la sala de casa! ¡Y yo con la cabeza alta, altiva como una reina! Él estuvo entre ellos desde el principio, pero yo no tenía nada que decirle. Me gustaban un poco más emprendedores. Estaba Andrew Metcalf, por ejemplo, poco me faltó para escaparme con él. Pero sabía que hubiera salido mal. Nunca te escapes con un pretendiente. No es bueno, y que nadie quiera convencerte de lo contrario.


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