Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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—No… no, le aseguro que no.

—Al fin me casé con el del retrato. Se le terminó la paciencia y me dijo que me daba veinticuatro horas para aceptarlo o dejarlo. Mi padre quería que yo me casara. Se puso nervioso cuando Jim Hewitt se ahogó porque yo no quise aceptarlo. Fuimos muy felices cuando nos acostumbramos el uno al otro. Él decía que yo le venía bien porque no pensaba mucho. Sostenía que las mujeres no nacieron para pensar. Decía que pensar las hacía secas y poco naturales. Las habas le sentaban mal y tenía ataques de lumbago, pero mi bálsamo siempre lo curaba. Había un especialista en la ciudad que dijo que podía curarlo definitivamente, pero él siempre decía que cuando uno se entrega a manos de esos especialistas nunca lo sueltan después… nunca. Lo extraño para darle de comer al cerdo. A él le encantaba la carne de cerdo. Nunca como un pedazo de tocino sin pensar en él. Ese otro retrato es la reina Victoria. A veces, yo le digo: «Si te quitaran todos esos encajes y joyas, mi querida, dudo que seas más presentable que yo».

Antes de dejar ir a Nan, insistió en que se llevara una bolsita con mentas, un escarpín de cristal rosado para poner flores, y un frasco de jalea de grosella.


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