Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Thomasine suspiró y salió a terminar de cortar sus caléndulas.
«Gracias a Dios que me responden las piernas», reflexionó.
Nan volvió a Ingleside con un sueño perdido. Una cañada llena de margaritas no pudo seducirla; el agua cantarina la llamó en vano. Quería llegar a casa y encerrarse lejos de cualquier mirada humana. Dos niñas con las que se cruzó se rieron. ¿Se reían de ella? ¡Cómo se reirían todos, si supieran! La tonta de Nan Blythe, que había inventado un romance con fantasías hechas en telaraña sobre una pálida reina de misterio, y en cambio se encontró con una viuda y unas mentas.
¡Mentas!