Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Nan no quería llorar. Las niñas grandes de diez años no lloran. Pero se sentía deprimida en un grado indescriptible. Algo precioso y hermoso se había ido, se había perdido… perdida estaba una secreta fuente de regocijo que, según creía ella, no podía volver a ser suya otra vez. Encontró Ingleside llena del delicioso aroma a galletitas recién horneadas, pero no fue a la cocina a pedirle algunas a Susan. A la hora de comer, su apetito fue notoriamente escaso, a pesar de que vio las palabras «aceite de ricino» en los ojos de Susan. Ana se había dado cuenta de que Nan había estado muy callada desde que había vuelto de la casa MacAllister, Nan, que literalmente cantaba desde el amanecer hasta la noche y después también. ¿Había sido demasiado para la niña la larga caminata en un día tan caluroso?

—¿A qué viene esa expresión angustiada, hija? —preguntó, como de pasada, cuando fue al dormitorio de las mellizas al atardecer, con toallas limpias, y encontró a Nan acurrucada en el asiento de la ventana, en lugar de estar abajo, en el Valle del Arco Iris, cazando tigres en las selvas ecuatoriales con los otros niños.

Nan no había querido decirle a nadie que había sido tan tonta. Pero de alguna manera, las cosas se contaban solas a mamá.

—Ay, mamá, ¿todo en la vida es una desilusión?


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