Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —No todo, mi amor. ¿Te gustarÃa contarme qué te desilusionó hoy?
—Ay, mamá. Thomasine Fair es… ¡es buena! ¡Y tiene la nariz respingona!
—Pero —dijo Ana, honestamente intrigada—, ¿qué puede importarte que tenga la nariz respingona o no?
Entonces, Nan soltó todo. Ana la escuchó con su expresión seria de costumbre, rogando no traicionarse y no estallar en una estentórea carcajada. Recordaba la niña que ella habÃa sido en Tejas Verdes. Recordó el Bosque Encantado y dos niñas pequeñas que se habÃan aterrorizado a sà mismas con sus propias fantasÃas. Y conocÃa la espantosa amargura de perder un sueño.
—No debes tomarte tan a pecho la pérdida de tus fantasÃas, mi amor.
—No puedo evitarlo —dijo Nan, desolada—. Si tuviera que vivir mi vida otra vez nunca me imaginarÃa nada. Y nunca volveré a hacerlo.