Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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—Mi pequeña tonta… mi querida pequeña tonta, no digas eso. Es maravilloso tener imaginación pero, como todos los dones, debemos poseerla nosotros y no dejarnos poseer por ella. Tú te tomas tus fantasías un poco demasiado seriamente. Ah, es delicioso, yo conozco ese éxtasis. Pero debes aprender a mantenerte de este lado del límite entre lo real y lo irreal. Entonces la posibilidad de escaparte a voluntad a ese hermoso mundo propio te ayudará de manera asombrosa a soportar los momentos difíciles de la vida. Yo siempre puedo solucionar con más facilidad los problemas después de uno o dos viajes a las Islas Encantadas.

Nan sintió que le volvía la autoestima con esas palabras de consuelo y sabiduría. A mamá no le parecía tan tonto, después de todo. Y sin duda había, en algún lugar del mundo, una Malvada y Hermosa Dama de Ojos Misteriosos, aunque no viviera en la CASA TENEBROSA. Y ahora que Nan lo pensaba mejor, no era un lugar tan malo, después de todo, con sus caléndulas color naranja y su amistoso gato moteado y los geranios y el retrato del pobre marido. Era realmente más bien un lugar simpático y quizás un día de éstos iría a ver a Thomasine Fair otra vez y a comer más galletitas. Ya no odiaba a Thomasine.

—¡Eres una madre espléndida! —suspiró, en el refugio y amparo de esos brazos amantes.


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