Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Un ocaso violeta y gris caía sobre la colina. La noche de verano se oscurecía alrededor de ellos… una noche de terciopelo y susurros. Por encima del gran manzano, apareció una estrella. Cuando vino la señora de Marshall Elliott y mamá tuvo que bajar, Nan ya era feliz otra vez. Mamá le había dicho que haría cambiar el empapelado del dormitorio de las niñas y que haría poner un precioso papel amarillo, y que compraría una nueva cómoda de cedro para que Nan y Di guardaran sus cosas. Sólo que no sería una cómoda de cedro. Sería un cofre de tesoro encantado, que no podía ser abierto a menos que se pronunciaran ciertas palabras mágicas. Una palabra te la podía susurrar la Bruja de la Nieve, la fría y encantadora Bruja Blanca de la Nieve. Un viento podía decirte la otra, al pasar… un triste viento gris que gemía. Tarde o temprano, encontrarías todas las palabras y abrirías el cofre, para encontrarlo lleno de perlas, rubíes y diamantes a granel. ¿No era «a granel» una expresión preciosa?

Ah, la vieja magia no se ha ido. El mundo estaba todavía lleno de ella.





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