Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —¿No hay suficientes abetos pequeños a mano? Los fondos de la casa de Hunter se han convertido prácticamente en un bosque de abetos en los últimos años —dijo Susan—. Y cómo me gustarÃa que esa niña se llamara de cualquier manera menos Delilah. ¡No es nombre para una criatura cristiana!
—Pero, está en la Biblia, Susan. Delilah está muy orgullosa de su nombre bÃblico. Hoy en la escuela, Susan, le dije a Delilah que mañana vamos a comer pollo para el almuerzo y ella me dijo, ¿a qué no sabes lo que me dijo, Susan?
—Estoy segura de que no podrÃa adivinarlo jamás —dijo Susan, enfática—. Y no tenéis por qué poneros a charlar en la escuela.
—Ah, pero no charlamos. Delilah dice que no debemos romper ninguna regla. Tiene principios muy elevados. Nos escribimos cartas en los cuadernos borradores y nos los pasamos. Bueno, Delilah me dijo: «¿No podrÃas traerme un hueso, Diana?». Se me llenaron los ojos de lágrimas. Voy a llevarle un hueso, pero con mucha carne. Delilah necesita buena comida. Tiene que trabajar como una esclava… como una esclava, Susan. Tiene que hacer todas las cosas de la casa, bueno, casi todas. Y si no las hace bien, la sacuden salvajemente, o la hacen comer en la cocina con la servidumbre.
—Los Green no tienen más que un chico francés empleado.