Ana la de Ingleside

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Susan estuvo muy generosa. Jem y Nan habían ido a Avonlea y Walter estaba en la Casa de los Sueños con Kenneth Ford. No había nada que pudiera hacer sombra sobre la visita de Delilah, y en verdad parecía estar saliendo muy bien. Delilah llegó el sábado por la mañana muy bien arreglada con un vestido de muselina rosa; al menos, la madrastra parecía tratarla bien en lo que a la ropa concernía. Y, como verificó Susan de una mirada, tenía las orejas y las uñas impecables.

—Éste es el día más maravilloso de mi vida —le dijo solemnemente a Diana—. ¡Uy, qué hermosa es esta casa! ¡Y esos perros de porcelana! ¡Ah, son maravillosos!

Todo era maravilloso. Delilah usó esa pobre palabra hasta el agotamiento. Ayudó a Diana a tender la mesa para el almuerzo y eligió la canastita de cristal llena de arvejillas como centro.

—Ah, no sabes cómo amo hacer algo sólo porque, me gusta hacerlo —le dijo a Diana—. ¿No hay otra cosa que pueda hacer, por favor?




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