Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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—Puedes partir las nueces para la torta que voy a preparar para la tarde —dijo Susan, que estaba cayendo vencida ante el encanto de la belleza y la voz de Delilah. Después de todo, tal vez Laura Green sí fuera una salvaje. Una no puede guiarse siempre por lo que la gente parece ser en público. El plato de Delilah fue atiborrado de pollo, relleno y salsa y le dieron una segunda porción de pastel sin que la hubiera pedido.

—Me he preguntado muchas veces cómo sería comer, por una vez, todo lo que una tiene ganas. Es una sensación maravillosa —le dijo a Diana mientras se levantaban de la mesa.

Pasaron una tarde muy agradable. Susan le había dado a Diana una caja de caramelos, y Diana la compartió con Delilah. Delilah admiró una de las muñecas de Di, y Di se la regaló. Limpiaron el cantero de pensamientos y arrancaron algunos dientes de león que habían invadido el parque. Ayudaron a Susan a pulir la plata y la secundaron en la preparación de la cena. Delilah era tan eficiente y ordenada, que Susan capituló completamente. Sólo dos cosas estropearon la tarde: Delilah se las ingenió para mancharse el vestido con tinta y perdió su collar de cuentas. Pero Susan, con sal y limón, le sacó muy bien la tinta, si bien con ella también se fue un poco del color, y Delilah dijo que lo del collar no importaba. Nada importaba excepto que estaba en Ingleside con su queridísima Diana.


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