Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Susan se fue a la cama reflexionando que nunca en su vida había visto a una niña de mejores modales ni más encantadora. Sí que había juzgado mal a Delilah Green. Aunque en ese momento se le ocurrió a Susan que, para ser una niña a la que nunca le daban bien de comer, los huesos de Delilah Green estaban bien recubiertos.

Delilah se fue a su casa a la tarde siguiente, y mamá, papá y la tía Diana vinieron por la noche. El lunes cayó el rayo del cielo. Al regresar a la escuela al mediodía, Diana oyó, al entrar en el edificio, que mencionaban su nombre. Dentro del aula, Delilah Green era el centro de un grupo de niñas curiosas.

—Me desilusioné tanto en Ingleside. Después de los alardes de Di sobre su casa, yo esperaba una mansión. Es grande, sí, pero algunos de los muebles están en muy mal estado. Las sillas piden a gritos un nuevo tapizado.

—¿Viste los perros de porcelana? —preguntó Bessy Palmer.

—No tienen nada de maravilloso. Ni siquiera tienen pelo. Le dije a Diana allí mismo que estaba desilusionada.

Diana estaba «con los pies pegados al suelo» o, al menos, pegados al piso de la escuela. No era adrede que escuchara sin ser vista; simplemente estaba demasiado alelada como para moverse.


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