Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —Hay un bicho nuevo comiéndose los rosales —continuó Ana—. Voy a fumigarlos mañana. Me gustarÃa hacerlo esta noche, va a ser uno de esos atardeceres en los que me encanta trabajar en el jardÃn. Esta noche las rosas están creciendo. Espero que haya jardines en el cielo, Susan, jardines en los que podamos trabajar, quiero decir, para ayudar a las rosas a que crezcan.
—Pero que no haya bichos —replicó Susan.
—Nooo, supongo que no. Pero un jardÃn terminado no serÃa muy divertido, Susan. Cada uno debe trabajar por sà mismo en un jardÃn porque de lo contrario se pierde el significado. Quiero sacar las hierbas malas, transplantar, cambiar las plantas de lugar, podar. Y quiero que en el cielo estén las flores que amo… PreferirÃa mis propios pensamientos a los asfódelos, Susan.
—¿Por qué no puede trabajar esta noche, si quiere? —interrumpió Susan, que pensaba que de verdad la señora se estaba volviendo muy extravagante.
—Porque el doctor quiere que salga con él. Va a ver a la pobre señora de John Paxton. Se está muriendo; él no puede hacer nada por ella, pero le gusta que vaya a verla.