Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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—Ah, bien, mi querida señora, todos sabemos que nadie puede morir o nacer sin tenerlo a él cerca, y será agradable dar un paseo. Creo que yo misma voy a caminar hasta el pueblo para aprovisionar la despensa después de acostar a las mellizas y a Shirley y de abonar la planta que me regaló la señora de Aaron Ward. No está floreciendo como debería. La señorita Blythe acaba de subir, suspirando a cada escalón, diciendo que está a punto de sufrir uno de sus dolores de cabeza, de modo que al menos tendremos un poco de paz y tranquilidad.

—Que Jem se acueste en hora, por favor, Susan —dijo Ana mientras se alejaba a través del atardecer, que era como una copa de fragancia que se hubiera derramado—. Está mucho más agotado de lo que él cree. Y nunca quiere ir a acostarse. Walter no viene a dormir esta noche; Leslie me pidió que se quedara con ellos.

Jem estaba sentado en uno de los escalones de la puerta lateral, con un pie descalzo enganchado en la rodilla, mirando ceñudo a todo en general, y a una enorme luna que aparecía por detrás de la aguja de la iglesia de Glen en particular. A Jem no le gustaban las lunas grandes.

—Cuida de que no se te quede la cara así para siempre —le había dicho la tía Mary María al pasar junto a él para entrar en la casa.

Jem se puso más ceñudo que antes. No le importaba que la cara se le quedara así para siempre. Ojalá.


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