Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Caminaron hasta la casa en silencio desde la estación de Glen; tomaron el atajo a Ingleside. El aire estaba lleno de perfume a abetos y helechos. La luna brillaba sobre campos mojados por el rocío. Pasaron por una vieja casa abandonada con tristes y rotas ventanas que una vez habían danzado con la luz. «Igual que mi vida», pensó Ana. Todo parecía tener para ella un terrible significado ahora. La mariposa blanca que revoloteó junto a ellos en el jardín era, pensó ella con tristeza, como un fantasma del amor muerto. Entonces, se enganchó el pie en un aro de croquet y casi se cae de cabeza sobre un macizo de flox. ¿Por qué los niños dejaban esas cosas tiradas en el suelo? ¡Mañana les hablaría seriamente!
Gilbert sólo dijo «¡Epa!», y la sostuvo con una mano. ¿Habría actuado con la misma frialdad de haber sido Christine la que se tropezaba mientras dilucidaban el significado de la salida de la luna?