Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Gilbert se apresuró a dirigirse a su escritorio apenas estuvieron dentro de la casa, y Ana fue en silencio al dormitorio, donde la luz de la luna yacía sobre el piso, quieta, plateada y fría. Fue hasta la ventana abierta y miró para afuera. Era evidentemente la noche elegida por el perro de Carter Flagg para ladrar y estaba poniendo el alma entera en la tarea. Las hojas del álamo de Lombardía brillaban como plata a la luz lunar. A su alrededor, la casa parecía susurrarle esta noche, susurrarle de una manera siniestra, como si ya no fuera su amiga.

Ana se sintió descompuesta, fría, vacía. El oro de la vida se había convertido en hojas mustias. Nada tenía ya significado. Todo parecía remoto e irreal.

Allá abajo, la marea cumplía su antiquísima cita con la costa. Ahora que Norman Douglas había cortado su bosque de abetos, se podía ver la Casita de los Sueños. ¡Qué felices habían sido allí, cuando era suficiente estar juntos en su propia casa, con sus sueños, sus caricias, sus silencios! Todo el color de las mañanas en sus vidas… Gilbert mirándola con esa sonrisa en los ojos, esa sonrisa que reservaba sólo para ella, encontrando todos los días una nueva manera de decir «te amo», compartiendo las risas como compartían el dolor.


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