Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Y ahora… Gilbert se habÃa aburrido de ella. Los hombres siempre habÃan sido asÃ, y siempre lo serÃan. Ella habÃa creÃdo que Gilbert serÃa una excepción pero ahora sabÃa la verdad. ¿Y cómo harÃa ella para adaptar su vida a esto?
«Están los niños, por supuesto —pensó, con tedio—. Debo seguir viviendo por ellos. Y nadie debe saberlo… nadie. No quiero que me tengan lástima».
¿Qué era eso? Alguien subÃa la escalera de a tres escalones, como solÃa hacer Gilbert hacÃa mucho tiempo en la Casa de los Sueños, como hacÃa ya tanto tiempo que no subÃa. No podÃa ser Gilbert… ¡pero sà era!
Irrumpió en la habitación, arrojó un paquetito sobre la mesa, agarró a Ana de la cintura y bailó con ella por todo el dormitorio como un escolar enloquecido; por fin, sin aliento, se detuvo bajo una mancha plateada de luz de luna.
—Yo tenÃa razón, Ana, gracias a Dios, ¡yo tenÃa razón! La señora Garrow se va a curar, lo dijo el especialista.
—¿La señora Garrow? Gilbert, ¿te has vuelto loco?